Considerando el caso de los enfermos que llegan al poder y como sus hojas clínicas son un secreto para el país cambian el destino de un pueblo.

Recordamos el libro de Aquellos enfermos que nos gobernaron de Pierre Accoce y Pierre Rentchnick en donde se descubre que el presidente John F. Kennedy se pasaba la mitad de los días tendido, aquejado de una grave afección de las glándulas suprarrenales, y precisamente en la época en que Kruschev había instalado los misiles soviéticos en Cuba. En el libro “abundan las revelaciones de esta misma índole”. Los mandatarios enfermos toman decisiones desconcertantes.

Un distinguido psiquiatra venezolano, ex presidente de la Sociedad Venezolana de Psiquiatría, hace poco hizo público su asombro porque en Venezuela se le pedía certificado de salud mental al maestro, a todo aquel que solicita permiso para porte de armas y para conducir vehículos de transporte colectivo, y en cambio para quien anhela la presidencia de la República, tal como lo dije en el Así son las cosas, no se le exige ninguno de estos requisitos. Esto provocó que un selecto grupo de ex presidentes de la Sociedad Venezolana de Psiquiatría se dirigiera a la Asamblea Nacional solicitando se remediara esa situación designando una comisión de médicos que examinara la conducta mental del presidente Chávez. La Asamblea sin explicación de ninguna naturaleza negó la petición.

Esto me hace pensar, y más aún en estos momentos, que quienes estaban en el Parlamento en aquellos momentos son responsables de lo que pueda ocurrir en este país. Sería conveniente que a la hora de arreglar cuentas se recordara este episodio.

Para los médicos que lo asistían, Nixon era víctima del narcisismo en alto grado. Tres médicos lo examinaron y todos vieron aumentar los síntomas de su trastorno mental. El caso de Hitler fue gravísimo. El psicoanalista Walter Langer descubrió que era cancerófobo; porque su madre murió de un cáncer de mama, temía más que nada a esta enfermedad.

Langer comprobó también que Hitler era un histérico. Manifestaba tendencias anales que hallaban su expresión en sus pinturas, inclinaciones pasivas y masoquistas, feminizadas, que declaraban su homosexualidad latente.

El problema mental de Churchill fue muy delicado. Terminada la guerra se siguió sintiendo imprescindible. La familia presiona al médico para que le aconseje que no haga más política, pues todos temen que meterá la pata. No es el mismo que ganó la contienda. El doctor no prohíbe nada a Churchill. Ha sucumbido ante la inmensa personalidad de aquel hombre y no se atreve a decirle la verdad: usted no controla su cerebro.

El caso venezolano es sumamente grave, pues los psiquiatras más distinguidos del país han tenido el valor de decir la realidad mental del jefe de Estado. Sin embargo, nada ha pasado. Es doloroso lo que ocurrirá: después del caos conoceremos la verdad. Será tarde.

Así son las cosas.

El Universal, Viernes 15 de Septiembre de 2.005



Venevisión tenía muy pocos meses de fundada cuando Arturo Uslar hizo en el canal del tigrito un análisis sobre el mal gusto venezolano. Las palabras de Arturo Uslar impactaron al país. Mucha gente fina y rica comenzó a esconder sillones, divanes y cuadros que antes mostraban con mucho orgullo a sus invitados.Cuando la gente vio en televisión el cuadro de Miraflores en donde sobre el corcho disparado de una botella de champaña cabalgaba un mofletudo Cupido, la exclamación popular acabó con la solemnidad del palacio de Miraflores: “Esa vaina es bien pavosa…”.

Fue Carlos Rangel, en el programa Frente a la prensa, comandado por Valeriano Humpiérrez, quien preguntó a Arturo Uslar cuándo comenzó el mal gusto en Venezuela. “Hasta los Monagas, la pobreza del país lo salva del mal gusto”, respondió el famoso escritor, “con Guzmán Blanco las cosas empiezan a cambiar”.

Guzmán conoce una de las Europas de peor gusto. La de la Inglaterra victoriana y la de la Francia del Segundo Imperio… De allí trae la invitación a las imitaciones pomposas. Del falso gótico, del falso pompeyano y del falso corintio. En un país de ladrillo y tapia, quiere disfrazar el ladrillo con yeso.

“De allí la fachada de la universidad, con su fraudulento gótico de confitería y la no menos objetable del Capitolio, adornado con sus cariátides de yeso y capiteles de hojalata”.

Esa propensión a lo falsificado y a la decoración superflua es lo que llena los salones de aquella abundancia de sofás, de jarrones, de estatuas de terracota, que fueron el orgullo de los ricos caraqueños hasta hace una generación.

Pero -añadió Uslar- ya ha aparecido un personaje nuevo, del que prácticamente no tuvieron conocimiento nuestros padres: el decorador.

La gente ha comprendido que el estilo de sus casas, muebles, colores y objetos de adorno son cosas que no deben decidirse al capricho.

Es decir, estamos en los comienzos de una época en la que el caraqueño, más que en ninguna otra, se ha hecho consciente de los peligros del mal gusto. Y en la que consulta al arquitecto y al decorador con el respeto con que consulta al médico o al abogado.

“Lo cual no significa que todavía no se vendan toneladas de horribles cromos, camionadas de espantosos muebles y que se levanten casas en las que ninguna persona equilibrada puede sentirse a gusto”.

Los objetos que Arturo Uslar Pietri señaló como de mal gusto, casi todos aparecen en las clásicas listas criollas de “cosas pavosas”. Por ejemplo, las totumas labradas y pintadas, las pantuflas con frases amorosas bordadas, las cortinas de lágrimas de San Pedro, las repisas fabricadas con el clásico “carretel de hilo Elefante”, los vasos de noche y las escupideras. El buen gusto no sólo es cuestión de origen social, hay gente de plata que goza “un puyero” con los cuadros en relieve y los angelitos dorados.

Uslar fue el primero que demostró en la televisión venezolana que la cultura no era fastidiosa. Los amigos invisibles no lo abandonaron nunca.

Así son las cosas.

El Universal, Viernes 13 de mayo de 2.005

Morocotas y Huevos

junio 2, 2007

 En las aventuras de la moneda criolla, los que fijan el juego son los pulperos y bodegueros.

Si en aquellos años alguien hubiera creado un Banco Central, las gallinas y los gallos hubiesen sido miembros del directorio. No es un chiste. El huevo fue unidad monetaria de Venezuela. Las únicas que podían controlar esa emisión eran las gallinas. En Caracas y en otras regiones del país era normal escuchar el grito de la madre:

-¡Muchacho, ve a la pulpería y dile a don Roberto que me dé “un huevo de mantequilla y otro huevo de papelón”! Pero apúrate porque tienes que ir pa’ la escuela. Y la señora entregaba entonces dos huevos para el trueque. Pero mucho antes del huevo fue la perla la gran moneda venezolana.

En La vida caraqueña en doce mapas, recordé que el intercambio de Santiago de León era con la isla de Margarita. Los barcos y canoas van y vienen de ordinario de la isla de Margarita y Cumaná y “traen sal de Araya y mercadurías de España y perlas con que pagan lo que aquí se vende”.

Los venezolanos de hoy han olvidado que en aquel caserío llamado Caracas los nativos de Margarita fueron quizás los primeros “fenicios” criollos y regresaban a la isla después de haber adquirido con las perlas maíz, carne, tocino, quesos, sebo, miel y otros productos, mientras algunos vecinos de Caracas se convierten en los primeros “agentes viajeros” de tierra firme, pues compran a los margariteños artículos como mantas y hamacas y “los llevan a los pueblos de la tierra adentro y allá los venden a oro”.

Hubo una época en Venezuela de “despelote monetario”. Había en el país libre circulación de monedas extranjeras. La más celebre de todas: la morocota, que tiene de venezolano lo que yo tengo de holandés: era una pieza de oro norteamericana de veinte dólares.

Tomas Stohr, en su libro Monedas de Venezuela refiere: “Durante más de cuarenta años, prácticamente, no hubo moneda nacional de plata. Como sustituto se encontraban en el país monedas de países europeos y americanos, y a nivel local florecieron las fichas de comercios y haciendas”. Estas fichas “eran legales” en comercios y fincas para adquirir comestibles; fueron prohibidas por el gobierno del general Medina, ya que obligaban al trabajador a comprar todo en la pulpería de la hacienda.

Al huevo ya no lo respeta nadie como unidad monetaria, pero la morocota, extraordinaria pieza de colección, sigue inspirando respeto. Según Julio Calcaño en su obra El castellano en Venezuela, “Este nombre le fue dado a la onza americana por el general José Tadeo Monagas, cuando por primera vez se recibió dicha moneda en Caracas”.

En las aventuras y desventuras de la moneda criolla los personajes más importantes que fijan las reglas del juego son pulperos y bodegueros vendedores de comestibles y hoy en día ante la pintoresca “reconversión monetaria” que resucita locha y puya creo que serán los factores fundamentales para el “jujú”.

Se acerca una “reconversión” peligrosa en un país como este, en donde la gente suma, resta y multiplica con una sola regla fundamental: la viveza criolla; y además, no sabe dividir equitativamente.

Así son las cosas.

El Universal, Viernes 30 de Marzo de 2.007

El mocho chingüingüe

junio 2, 2007

Cuando el presidente Medina comenzó a tumbar El Silencio el 25 de julio de 1942, los caraqueños se enteraron de muchas cosas.

La gente joven, decía el gran cronista de El Universal , Lucas Manzano, no sabe lo que era El Silencio. Esto era peor que el barrio de los apaches, en París. Había siniestros personajes como el mocho Chingüingüe, quien comenzó como vendedor de fritos y se hizo millonario con dados y ruletas. Fundó una casa de juego en pleno Silencio y se convirtió en magnate del bajo mundo. Lucas Manzano siguió recordando a los sujetos del barrio.

_’Agapito, ladrón colombiano, quien desaparecía por encanto al llegar al callejón de La Chayota; la Cara ‘e diablo, la mujer que puteaba y espiaba simultáneamente. Esa mujer era tan mala que mientras se estaba quitando la ropa, le preguntaba al cliente: ‘¿Y qué piensas tú del general Gómez?, ¿será verdad que le llevan sangre de muchacho chiquito pa’ mantenerle la verga tiesa?’.

_’La Cara ‘e diablo _decía Lucas Manzano_ tenía su prostíbulo aquí mismo, entre Silencio y Aserradero, y pagó todos sus pecados en el saqueo. Salvó la vida por un cura… Otro tipo curioso era el Negro Alejandro, el policía del barrio; mandaba con el revólver y la peinilla. A la muerte de Gómez, las putas de El Silencio querían capar al Negro Alejandro. Se salvó de vaina…’.

El mocho Chingüingüe tenía mucha suerte. Siempre ganaba con la ruleta y con los dados en los principales garitos de Caracas: en La Hormiga, situado entre Las Monjas y Padre Sierra; en La Fortuna, en Veroes; en El Club Cataluña, en la esquina de La Torre; en El Gran Palace, en la Bolsa… Una vez logró Chingüingüe reunir doscientas morocotas y las apostó en El Club Cataluña. Todo el mundo se quedó con la boca abierta cuando Chingüingüe colocó las morocotas, que las llevaba envueltas en un gran pañuelo de madrás, en el tapete y gritó: ‘Tire paro’. Carajo, los segundos parecían siglos. Y ganó. Siguió jugando y esa misma noche desbancó el fondo del club. Se fue más tarde para ‘La Fortuna’ y dejó a los dueños del negocio con las tablas en la cabeza. Dos días después se ganó medio millón de bolívares. Toda Caracas hablaba de la buena suerte de Chingüingüe, hasta que aquí mismo en El Silencio, cierto jefe civil se le acercó con dos matones: ‘O me das la mitad de lo que has ganado o te mueres’.

Chingüingüe, conocedor del barrio, le dijo al jefe civil: ‘No se preocupe mi hermanazo, la mitad es pa’ ustedes’ y los invitó a celebrar ‘el negocio’ en el bar de los ‘Siete Pecados’, de Marcos Parra, para abajo.

Tiempo después apareció aquel jefe civil con la boca llena de hormigas, por el río Guaire, por Puente Ayacucho.

Sin embargo, los periodistas no se ocuparon más de las aventuras del célebre mocho Chingüingüe, pues, por aquellos días murió Cantalicio, ‘el payaso más famosos que ha tenido Venezuela’.

Cantalicio siempre estaba serio y de pronto movía una oreja, o se torcía la nariz, como si fuera chicle. Hasta que un día llegó al ranchito, donde vivía con su mamá, un señor muy serio… Pero se acabó el espacio. Hasta el viernes.

Así son las cosas.

ElUniversal, Viernes 25 de Enero de 2.002

El Diablo anda suelto

mayo 29, 2007

Desde la Colonia, en Venezuela existía una creencia curiosa: ‘cuando pasan cosas raras es porque el diablo anda suelto’. La gente juraba también que los días de Semana Santa eran peligrosos, pues ‘el maligno’ se divertía probando la fe de hombres y mujeres. Eran los días cuando espectros y fantasmas hacían de las suyas.

Eso pasó en Caracas cuando en un mes de abril, llegó el circo de niños raros y el ser viviente más viejo del planeta.

_ Esas son cosas del enemigo malo’ gritaron hombres y mujeres cuando levantaron la lona que cubría la entrada a la carpa: A pocos metros, sentado sobre un taburete, recibiendo a los visitantes estaba una criatura de unos siete años, con cuatro orejas, dos bocas y ocho pies. El niño no hablaba, pero observaba fijamente a cada espectador.

El circo de niños raros levantaba su carpa por los lados del cuartel San Carlos, en un terreno amplio, que según doña Encarnación, una mujer muy religiosa, quien vivía por las Dos Pilitas, se llamaba en los tiempos viejos la Sabana de San Pedrito. Cobraban tres centavos por persona y montaban quince fenómenos infantiles. Había un muchacho con cara de gato y cada vez que abría la boca se veían dos colmillos inmensos; una niñita de diez años, con un hocico y una protuberancia en la frente de donde nacían dos troncos de cuernos con diversos pitones de venado.

Un señor iba explicando al público la historia de cada uno de los fenómenos. En un pequeño corral, cubierto de lona, había dos pequeños, unidos por el pecho; daban vueltas, se paraban y volvían a caer. La gente se reía cuando uno corría hacia un lado y el otro quería ir en dirección contraria. Un señor le tapó la cara a una señora y la sacó rápido.

_Si yo sé esto, no vengo explicó. Ella está en estado.

_¡Cómo se le ocurre traerla intervino una dama de cierta edad, con visible molestia usted está loco! .

Otros hablaban que aquello era una vagabundería, y que ‘el Gobierno debía prohibirlo, porque cualquier mujer que vea esto después da a luz un monstruo’.

En el fondo de la carpa había un gran cartel en donde aparecía una tortuga inmensa saliendo del mar. Arriba un letrero: EL SER VIVIENTE MAS ANTIGUO DE LA TIERRA. Adentro, en un estanque de muy poca profundidad estaba una tortuga inmensa con una palmera. La tortuga tenía más de tres metros de largo y cuando sacó la cabeza cada ojo parecía una metra de ámbar. En el centro de cada ojo se veía un punto negro que se clavaba fijamente en el visitante. Tardaba mucho para meter otra vez la cabeza dentro de su coraza. Desde la parte superior del hueco donde salía la cabeza hasta donde terminaba la concha, tenía una zanja profunda, como de veinte centímetros de ancho, llena de una sustancia negra que evidentemente era tierra, pues allí estaba sembrada la palmera en forma de abanico.

Henry Pittier trabajaba en los alrededores de Caracas recogiendo plantas. Examinó la palmera de la tortuga y dijo que era una Ravanala Madagascariensis. Son bautizadas por los nativos de Madagascar como: ‘Palma del viajero’. Cuentan que el sabio Pittier llamó al encargado del circo y le compró ‘un retoño de la mata’.

_Para sembrarlo en la hacienda Volcán, cerca de Santa Lucía.

Así son las cosas

El Universal, Sabado 19 de Abril de 2.003

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