En los tiempos de la Colonia, las autoridades prohibieron el joropo por considerarlo deshonesto. Don Luis Francisco de Castellanos, mariscal de campo, gobernador y capitán general de la Capitanía de Venezuela decidió prohibir el llamado joropo escobillado “advirtiendo que los que se atrevieren a transgredir esa ordenanza sufrirán vergüenza pública, más dos años de presidio; y los espectadores, dos meses de cárcel segura”.El capitán general tomó la decisión “por parecerle demasiado sacrílego en los velorios en que se canta y se baila casi encima de los cadáveres”.

La decisión fue firmada el 10 de abril de 1749 y como el joropo era muy popular se consultó al rey de España. El monarca pidió que le mandaran unos joroperos para verlos en acción y el capitán general remitió en uno de los galeones que salían cargados de oro a dos negritos de Barlovento.

Los barloventeños impresionaron en la Corte y por Real Cédula de S.M. fechada en el real sitio de Aranjuez, se ordena al capitán general “no lo prohíba, por cuanto está lleno de inocencia campesina. Así como el jarabe gatuno y el bullicuzcuz de la Veracruz, que también han venido en consulta de nuestros reinos de Méjico, y con los cuales tiene mucha semejanza”. ¿Qué sería de aquella pareja de negritos, que probablemente bailó ante la Corte de Fernando VI?

El periodista Juan José Churión, de El Nuevo Diario, escribió que “la prohibición del joropo fue factor de perturbación. Los esclavos y los peones se iban al monte; hubo huelgas de joroperos y eso causó daños en plantaciones y haciendas”.

¿De donde viene la palabra joropo? Los indios escucharon a los españoles llamar aquello “jarabe” y como no entendían castellano decían jaraba, jarobo, jorobo y ¡joropo!. La palabra joropo viene pues del baile conocido con el nombre de jaleo o jarabe andaluza. La etimología de la palabra joropo _sostenía Churión_ es comarábica. Viene de Xarop o Xarqp, que significa jarabe.

“Quinito Valverde _contó Churión_ de la compañía de revistas españolas Velasco, piensa llevar el joropo a París, con arpa, maraca y cantadores criollos. Mamerto García, el Titán, el rey del Joropo, ha enseñado personalmente a Quinito y otros bailarines y muchachas de la compañía de Velasco para que puedan impresionar en los escenarios europeos”. Es decir, que la historia se repite, con la diferencia de que ahora son embajadoras del joropo mozas españolas que hasta disfrazan el acento, como hace la primera tiple, Matilde Rueda, en el segundo cuadro de “El conflicto, disparate de actualidad mundial y caraqueña”, en un acto y tres cuadros, escrito para Matilde por Leo, Job Pim y el Brujo.

Churión siguió hablando de las cosas raras que ocurren en los pueblos y contó que en Ciudad Bolívar había un loco a quien llamaban “Caimán”, pues se quedaba quieto en el suelo y cuando pasaba alguna muchacha, le tiraba un mordisco en la pierna.

Así son las cosas.

El Universal, Caracas Viernes 2 de julio de 2.004

¡Qué tiempos aquellos!

junio 11, 2007

Cuando el general Marcos Pérez Jiménez dijo: “Aquí hay que enseñar a caminar a la gente. ¡Vamos a acabar con la guachafita¡”, nació el nuevo Reglamento de Tránsito. Los conductores estaban indignados en Caracas por las nuevas disposiciones que “se aplicarán por encima de todas las cosas”, fue la amenazante frase del bachiller Fuentes, máxima autoridad en lo concerniente a choferes y peatones.

“Se prohíbe a cualquier persona botar clavos, latas, piedras u objetos que pongan en peligro la seguridad del tránsito, así como también utilizar las aceras o sitios destinados al tránsito para depósito de materiales. Los vendedores ambulantes no podrán colocar en las aceras artículos para su exhibición o venta”.

Todo detenido por infracciones de tránsito recibía un ejemplar con la frase de “para que se lo aprenda de memoria y no se le olvide”. La disposición que ocasionó más multas fue aquella que decía textualmente: “prohibido a los peatones pararse en las aceras siendo permitido únicamente recostándose de espalda contra la pared de algún edificio”.

“Los peatones, cuando no existan aceras o zonas para circular personas, tendrán que hacerlo por la izquierda de la calzada, dando siempre frente a los vehículos que vengan en sentido contrario y pegándose lo más posible al borde”.

“Para cruzar la calzada, los peatones tendrán que esperar en las esquinas la indicación de los vigilantes y siempre sobre los pasos señalados, siendo de su propio riesgo cuando lo hagan por sitio no indicado”.

Otras de las cosas explícitamente prohibidas por “el Reglamento del bachiller Fuentes” como lo bautizó la gente eran: “Formar grupos en las aceras. Pararse en las aceras con el pie apoyado en la pared”.

“Transitar por las calzadas, salvo cuando no existan aceras; pararse sobre la calzada; transitar por autopistas; cruzar la vía por otros sitios que no sean los demarcados al efecto y atravesar la vía por los pasos de peatones cuando las señales del tránsito no lo permitan; los choferes de plaza y de vehículos con finalidad de lucro serán uniformados”.

El primer día de la aplicación del Reglamento de Tránsito fueron detenidos en Caracas cincuenta y nueve choferes, más de cien ciclistas, por ir con las bicicletas por las aceras, y unos treinta transeúntes por no cruzar la calle por las esquinas, como debía ser.

Me contaron que cuando alguien acudía al bachiller Fuentes para que sacaran de la policía a un infractor, movía la cabeza de un lado a otro, visiblemente contrariado y murmuraba: “Es que la gente no se ha convencido de que éste gobierno ‘no masca’. Y lo más serio es que hay que enseñar a los choferes a manejar y a la gente a caminar…”.

Tenemos que reconocer que hoy ningún alcalde tiene esa preocupación. No viven para adecentar la vida de la ciudad sino para jalar. No les da vergüenza ni los huecos ni la basura. El problema no es político, es de urbanidad. No les enseñaron nunca lo que llamó Carreño: “Como comportarse en sociedad”.

Eso sólo pasa cuando se alegan los argumentos ideológicos más absurdos para practicar lo que yo llamo “la política de alcantarilla”.

Así son las cosas.

El Universal, Caracas viernes 16 de febrero de 2.007

-¡Desgraciado! Bájate pa’ que pelees como un hombre!, desafiaban los machos de San Juan cuando el auto presidencial los bañaba de barro.

 

Estos fueron algunos de los problemas que se le presentaron al chofer Lucio Paúl Morand, quien llegó a Venezuela con el automóvil Darrak de cinco pasajeros comprado por el Gobierno venezolano en París para el entonces presidente Cipriano Castro y su esposa Misia Zoila.

Pero, ¿cuándo llegó a Venezuela el primer automóvil? Se creía, según las investigaciones de Guillermo Schael que “el primer automóvil que vino a Venezuela fue traído en 1904 para la señora Zoila Rosa Martínez de Castro”, vale decir, la primera dama.

Y era lógico pensar así, pues Lucio Paúl Morand, con 70 años a cuestas y sirviendo todavía a Misia Zoila, quien envejecía por entonces en su quinta de Los Chorros, contó a Oscar Yanes en entrevista publicada el 2 de abril de 1951 que ese fue el primer carro que vino a Caracas.

Pero y aquí está lo más importante, un joven investigador, Javier González logró establecer, “que el primer carro que llegó al país no lo trajo doña Zoila Rosa Martínez de Castro, sino el médico de origen judío Isaac Capriles, yerno del general Joaquín Crespo, para más señas”.

“Y no podía ser de otra manera _añade Javier González_, pues el vehículo de la esposa del “Cabito” llegó al país en mayo de 1907, tres años más tarde de lo indicado por el periodista Schael.

¿Cómo logró establecer la veracidad? Pues quien aseguraba ser “el primer chofer que trajo a Caracas el primer carro”, trabajaba todavía para misia Zoila como jardinero cuando Oscar Yanes le hizo la entrevista.

Descubrir, después de examinar muchos periódicos viejos y localizar centenares de noticias sobre los automóviles en Venezuela, que en el diario caraqueño El Monitor, en su edición del 21 de abril de 1904 se afirmaba que “el lunes 18 de de abril por la tarde transitó por las calles de Caracas por primera vez un lujoso automóvil, el cual ha sido traído por el señor doctor Isaac Capriles”.

“Lo manejaba un individuo extranjero, quien sin duda había venido para generalizar entre nosotros el uso del cómodo vehículo”, añadía el desaparecido rotativo.

Si tú deseas saber las cosas que han pasado con los automóviles en Venezuela tienes que leer Venezuela: Cien años en automóvil, editado por Alfredo Schael, director del Museo de Transporte.

Doce autores, expertos en la materia entre ellos Jorge Bello Domínguez, Javier González, Solís Martínez, Alfredo Schael, Guillermo José Schael y Carlos Stohr escriben sobre la vida venezolana “del demonio de cuatro patas”, como bautizaron al vehículo quienes no podían entender, como un carro, se movía sin caballos “y caminaba solo”.

Por eso muchos, cuando lo veían, gritaban: “¡Ave María Purísima! Esas son vainas del enemigo malo”.

Así son las cosas.

El Universal, Caracas 19 de noviembre de 2.004

Considerando el caso de los enfermos que llegan al poder y como sus hojas clínicas son un secreto para el país cambian el destino de un pueblo.

Recordamos el libro de Aquellos enfermos que nos gobernaron de Pierre Accoce y Pierre Rentchnick en donde se descubre que el presidente John F. Kennedy se pasaba la mitad de los días tendido, aquejado de una grave afección de las glándulas suprarrenales, y precisamente en la época en que Kruschev había instalado los misiles soviéticos en Cuba. En el libro “abundan las revelaciones de esta misma índole”. Los mandatarios enfermos toman decisiones desconcertantes.

Un distinguido psiquiatra venezolano, ex presidente de la Sociedad Venezolana de Psiquiatría, hace poco hizo público su asombro porque en Venezuela se le pedía certificado de salud mental al maestro, a todo aquel que solicita permiso para porte de armas y para conducir vehículos de transporte colectivo, y en cambio para quien anhela la presidencia de la República, tal como lo dije en el Así son las cosas, no se le exige ninguno de estos requisitos. Esto provocó que un selecto grupo de ex presidentes de la Sociedad Venezolana de Psiquiatría se dirigiera a la Asamblea Nacional solicitando se remediara esa situación designando una comisión de médicos que examinara la conducta mental del presidente Chávez. La Asamblea sin explicación de ninguna naturaleza negó la petición.

Esto me hace pensar, y más aún en estos momentos, que quienes estaban en el Parlamento en aquellos momentos son responsables de lo que pueda ocurrir en este país. Sería conveniente que a la hora de arreglar cuentas se recordara este episodio.

Para los médicos que lo asistían, Nixon era víctima del narcisismo en alto grado. Tres médicos lo examinaron y todos vieron aumentar los síntomas de su trastorno mental. El caso de Hitler fue gravísimo. El psicoanalista Walter Langer descubrió que era cancerófobo; porque su madre murió de un cáncer de mama, temía más que nada a esta enfermedad.

Langer comprobó también que Hitler era un histérico. Manifestaba tendencias anales que hallaban su expresión en sus pinturas, inclinaciones pasivas y masoquistas, feminizadas, que declaraban su homosexualidad latente.

El problema mental de Churchill fue muy delicado. Terminada la guerra se siguió sintiendo imprescindible. La familia presiona al médico para que le aconseje que no haga más política, pues todos temen que meterá la pata. No es el mismo que ganó la contienda. El doctor no prohíbe nada a Churchill. Ha sucumbido ante la inmensa personalidad de aquel hombre y no se atreve a decirle la verdad: usted no controla su cerebro.

El caso venezolano es sumamente grave, pues los psiquiatras más distinguidos del país han tenido el valor de decir la realidad mental del jefe de Estado. Sin embargo, nada ha pasado. Es doloroso lo que ocurrirá: después del caos conoceremos la verdad. Será tarde.

Así son las cosas.

El Universal, Viernes 15 de Septiembre de 2.005



Venevisión tenía muy pocos meses de fundada cuando Arturo Uslar hizo en el canal del tigrito un análisis sobre el mal gusto venezolano. Las palabras de Arturo Uslar impactaron al país. Mucha gente fina y rica comenzó a esconder sillones, divanes y cuadros que antes mostraban con mucho orgullo a sus invitados.Cuando la gente vio en televisión el cuadro de Miraflores en donde sobre el corcho disparado de una botella de champaña cabalgaba un mofletudo Cupido, la exclamación popular acabó con la solemnidad del palacio de Miraflores: “Esa vaina es bien pavosa…”.

Fue Carlos Rangel, en el programa Frente a la prensa, comandado por Valeriano Humpiérrez, quien preguntó a Arturo Uslar cuándo comenzó el mal gusto en Venezuela. “Hasta los Monagas, la pobreza del país lo salva del mal gusto”, respondió el famoso escritor, “con Guzmán Blanco las cosas empiezan a cambiar”.

Guzmán conoce una de las Europas de peor gusto. La de la Inglaterra victoriana y la de la Francia del Segundo Imperio… De allí trae la invitación a las imitaciones pomposas. Del falso gótico, del falso pompeyano y del falso corintio. En un país de ladrillo y tapia, quiere disfrazar el ladrillo con yeso.

“De allí la fachada de la universidad, con su fraudulento gótico de confitería y la no menos objetable del Capitolio, adornado con sus cariátides de yeso y capiteles de hojalata”.

Esa propensión a lo falsificado y a la decoración superflua es lo que llena los salones de aquella abundancia de sofás, de jarrones, de estatuas de terracota, que fueron el orgullo de los ricos caraqueños hasta hace una generación.

Pero -añadió Uslar- ya ha aparecido un personaje nuevo, del que prácticamente no tuvieron conocimiento nuestros padres: el decorador.

La gente ha comprendido que el estilo de sus casas, muebles, colores y objetos de adorno son cosas que no deben decidirse al capricho.

Es decir, estamos en los comienzos de una época en la que el caraqueño, más que en ninguna otra, se ha hecho consciente de los peligros del mal gusto. Y en la que consulta al arquitecto y al decorador con el respeto con que consulta al médico o al abogado.

“Lo cual no significa que todavía no se vendan toneladas de horribles cromos, camionadas de espantosos muebles y que se levanten casas en las que ninguna persona equilibrada puede sentirse a gusto”.

Los objetos que Arturo Uslar Pietri señaló como de mal gusto, casi todos aparecen en las clásicas listas criollas de “cosas pavosas”. Por ejemplo, las totumas labradas y pintadas, las pantuflas con frases amorosas bordadas, las cortinas de lágrimas de San Pedro, las repisas fabricadas con el clásico “carretel de hilo Elefante”, los vasos de noche y las escupideras. El buen gusto no sólo es cuestión de origen social, hay gente de plata que goza “un puyero” con los cuadros en relieve y los angelitos dorados.

Uslar fue el primero que demostró en la televisión venezolana que la cultura no era fastidiosa. Los amigos invisibles no lo abandonaron nunca.

Así son las cosas.

El Universal, Viernes 13 de mayo de 2.005

Morocotas y Huevos

junio 2, 2007

 En las aventuras de la moneda criolla, los que fijan el juego son los pulperos y bodegueros.

Si en aquellos años alguien hubiera creado un Banco Central, las gallinas y los gallos hubiesen sido miembros del directorio. No es un chiste. El huevo fue unidad monetaria de Venezuela. Las únicas que podían controlar esa emisión eran las gallinas. En Caracas y en otras regiones del país era normal escuchar el grito de la madre:

-¡Muchacho, ve a la pulpería y dile a don Roberto que me dé “un huevo de mantequilla y otro huevo de papelón”! Pero apúrate porque tienes que ir pa’ la escuela. Y la señora entregaba entonces dos huevos para el trueque. Pero mucho antes del huevo fue la perla la gran moneda venezolana.

En La vida caraqueña en doce mapas, recordé que el intercambio de Santiago de León era con la isla de Margarita. Los barcos y canoas van y vienen de ordinario de la isla de Margarita y Cumaná y “traen sal de Araya y mercadurías de España y perlas con que pagan lo que aquí se vende”.

Los venezolanos de hoy han olvidado que en aquel caserío llamado Caracas los nativos de Margarita fueron quizás los primeros “fenicios” criollos y regresaban a la isla después de haber adquirido con las perlas maíz, carne, tocino, quesos, sebo, miel y otros productos, mientras algunos vecinos de Caracas se convierten en los primeros “agentes viajeros” de tierra firme, pues compran a los margariteños artículos como mantas y hamacas y “los llevan a los pueblos de la tierra adentro y allá los venden a oro”.

Hubo una época en Venezuela de “despelote monetario”. Había en el país libre circulación de monedas extranjeras. La más celebre de todas: la morocota, que tiene de venezolano lo que yo tengo de holandés: era una pieza de oro norteamericana de veinte dólares.

Tomas Stohr, en su libro Monedas de Venezuela refiere: “Durante más de cuarenta años, prácticamente, no hubo moneda nacional de plata. Como sustituto se encontraban en el país monedas de países europeos y americanos, y a nivel local florecieron las fichas de comercios y haciendas”. Estas fichas “eran legales” en comercios y fincas para adquirir comestibles; fueron prohibidas por el gobierno del general Medina, ya que obligaban al trabajador a comprar todo en la pulpería de la hacienda.

Al huevo ya no lo respeta nadie como unidad monetaria, pero la morocota, extraordinaria pieza de colección, sigue inspirando respeto. Según Julio Calcaño en su obra El castellano en Venezuela, “Este nombre le fue dado a la onza americana por el general José Tadeo Monagas, cuando por primera vez se recibió dicha moneda en Caracas”.

En las aventuras y desventuras de la moneda criolla los personajes más importantes que fijan las reglas del juego son pulperos y bodegueros vendedores de comestibles y hoy en día ante la pintoresca “reconversión monetaria” que resucita locha y puya creo que serán los factores fundamentales para el “jujú”.

Se acerca una “reconversión” peligrosa en un país como este, en donde la gente suma, resta y multiplica con una sola regla fundamental: la viveza criolla; y además, no sabe dividir equitativamente.

Así son las cosas.

El Universal, Viernes 30 de Marzo de 2.007

El mocho chingüingüe

junio 2, 2007

Cuando el presidente Medina comenzó a tumbar El Silencio el 25 de julio de 1942, los caraqueños se enteraron de muchas cosas.

La gente joven, decía el gran cronista de El Universal , Lucas Manzano, no sabe lo que era El Silencio. Esto era peor que el barrio de los apaches, en París. Había siniestros personajes como el mocho Chingüingüe, quien comenzó como vendedor de fritos y se hizo millonario con dados y ruletas. Fundó una casa de juego en pleno Silencio y se convirtió en magnate del bajo mundo. Lucas Manzano siguió recordando a los sujetos del barrio.

_’Agapito, ladrón colombiano, quien desaparecía por encanto al llegar al callejón de La Chayota; la Cara ‘e diablo, la mujer que puteaba y espiaba simultáneamente. Esa mujer era tan mala que mientras se estaba quitando la ropa, le preguntaba al cliente: ‘¿Y qué piensas tú del general Gómez?, ¿será verdad que le llevan sangre de muchacho chiquito pa’ mantenerle la verga tiesa?’.

_’La Cara ‘e diablo _decía Lucas Manzano_ tenía su prostíbulo aquí mismo, entre Silencio y Aserradero, y pagó todos sus pecados en el saqueo. Salvó la vida por un cura… Otro tipo curioso era el Negro Alejandro, el policía del barrio; mandaba con el revólver y la peinilla. A la muerte de Gómez, las putas de El Silencio querían capar al Negro Alejandro. Se salvó de vaina…’.

El mocho Chingüingüe tenía mucha suerte. Siempre ganaba con la ruleta y con los dados en los principales garitos de Caracas: en La Hormiga, situado entre Las Monjas y Padre Sierra; en La Fortuna, en Veroes; en El Club Cataluña, en la esquina de La Torre; en El Gran Palace, en la Bolsa… Una vez logró Chingüingüe reunir doscientas morocotas y las apostó en El Club Cataluña. Todo el mundo se quedó con la boca abierta cuando Chingüingüe colocó las morocotas, que las llevaba envueltas en un gran pañuelo de madrás, en el tapete y gritó: ‘Tire paro’. Carajo, los segundos parecían siglos. Y ganó. Siguió jugando y esa misma noche desbancó el fondo del club. Se fue más tarde para ‘La Fortuna’ y dejó a los dueños del negocio con las tablas en la cabeza. Dos días después se ganó medio millón de bolívares. Toda Caracas hablaba de la buena suerte de Chingüingüe, hasta que aquí mismo en El Silencio, cierto jefe civil se le acercó con dos matones: ‘O me das la mitad de lo que has ganado o te mueres’.

Chingüingüe, conocedor del barrio, le dijo al jefe civil: ‘No se preocupe mi hermanazo, la mitad es pa’ ustedes’ y los invitó a celebrar ‘el negocio’ en el bar de los ‘Siete Pecados’, de Marcos Parra, para abajo.

Tiempo después apareció aquel jefe civil con la boca llena de hormigas, por el río Guaire, por Puente Ayacucho.

Sin embargo, los periodistas no se ocuparon más de las aventuras del célebre mocho Chingüingüe, pues, por aquellos días murió Cantalicio, ‘el payaso más famosos que ha tenido Venezuela’.

Cantalicio siempre estaba serio y de pronto movía una oreja, o se torcía la nariz, como si fuera chicle. Hasta que un día llegó al ranchito, donde vivía con su mamá, un señor muy serio… Pero se acabó el espacio. Hasta el viernes.

Así son las cosas.

ElUniversal, Viernes 25 de Enero de 2.002

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