Calzoncillos y pantaletas

septiembre 13, 2007

La pantaleta y el calzoncillo preocupaban mucho a Manuel Antonio Carreño, en su “Compendio del Manual de Urbanidad y Buenas Maneras arreglado por él mismo para el uso de las escuelas de ambos sexos”.

“Esta edición, de 1920, contiene muchas reglas importantísimas de urbanidad, que no figuran en las ediciones hechas en París. Se han señalado con un asterisco (*) para facilitar la labor del profesor. Resulta pues que este Compendio de Urbanidad es el más completo de los publicados”.

Las normas de Carreño gobernaron a los venezolanos decentes por casi un siglo. Cuando alguien hacía “la bruta figura”: se moría un vecino y usted a la semana tenía una fiesta en su casa, la gente decía: “ese no conoce a Carreño”; lo mismo como cuando un tipo “se chupaba” la sopa, o cuando un mozo de pronto gritaba: “Aquí viene Pescuezo e’ chivo”. Para Carreño nadie podía ser llamado en público por su apodo.

El educador advertía que “es una vulgaridad hablar en sociedad de nuestra familia, de nuestra persona y de nuestras enfermedades”.

Era especial preocupación de aquel maestro “el vestido que debe usarse dentro de la casa. Jamás las damas mayores, y menos aún las niñas, deben abandonar las habitaciones en pantaletas, con el pretexto de que van a buscar cualquier prenda, Imperdonable es cuando un varón sale del baño en calzoncillos o cubriéndose con un paño”.

“Nuestro vestido, cuando estemos en medio de las personas con quienes vivimos, no sólo debe ser tal que nos cubra de una manera honesta, sino que ha de contener las mismas partes de que consta cuando nos presentamos a extraños”.

“Deplorable es también reunirse en la cocina a charlar y aprovechar la tertulia para proceder a cortarse las uñas de los pies”.

“La severidad de esta regla se acentúa cuando permanecemos en el dormitorio, en donde no podemos permitirnos ningún desahogo, como quitarnos los calzoncillos o las pantaletas delante de padres o hermanos. Siempre debemos cubrirnos con honestidad incluso cuando sólo tenemos por testigo a Dios”.

“Al bañarnos en público las damas deben llevar las pantaletas debajo del bañador, y los caballeros, bajo ninguna circunstancia, se deben desprender de los calzoncillos”.

Las normas de Manuel Antonio Carreño eran sagradas en las escuelas.

Las damas en Macuto usaban unas camisas de baño y debajo unas pantaletas largas amarradas en los tobillos con trenzas blancas o azules y las madres recomendaban: “Amárrese bien las pantaletas “mija” porque el mar es muy tremendo y si se le sube el camisón se le puede ver todo. Nunca se olvide de Carreño”.

El Rey de la Urbanidad, quien insistía mucho en la forma de comportarse en la propia casa, decía: “En cuanto a la mujer, quien debe lucir siempre mayor compostura que el hombre, ya se deja ver que su desaliño en la casa dará muy mala idea de su educación”.

“Ningún hombre decente casará con mujer que vaya por la casa de un lado a otro en pantaletas, aunque éstas sean bastante largas para cubrir hasta los tobillos”.

Así son las cosas.

El Universal Caracas, viernes 26 de enero, 2007

Todas las trampas electorales que ocurrieron en Venezuela tras la muerte de Gómez hasta 1945 se las atribuyeron a Franco Quijano y cuando asesinaron al presidente de la Junta Militar de Gobierno, Carlos Delgado Chalbaud, en 1950, también incluyeron el nombre de Franco Quijano como uno de los conspiradores más peligrosos de ese entonces. Si estuviera vivo hubiesen dicho ya que tenía las manos metidas en el fraude electrónico.
Franco Quijano era prudente y estudioso. Nació en Soacha, Departamento de Cundinamarca, Colombia. Muchos hoy dicen que fue el más grande experto electoral que tuvo Venezuela. En 1968 sorprendió a todos los sectores políticos anunciando que las elecciones podrían ser anuladas pues existían contradicciones entre Constitución y Ley Electoral.
Ese mismo año envió una carta a los candidatos presidenciales advirtiendo que después de haber estudiado `los 106 sistemas de votación y los 79 sistemas de escrutinios cuya nomenclatura he logrado organizar a través de 30 años de estudio, de donde me ha resultado un derecho electoral como ciencia independiente´ había llegado a la conclusión que `un sistema de votación no puede ser adosado de manera caprichosa a cualquier sistema de escrutinio, porque los sistemas electorales son figuras jurídicas de Derecho público imperatorio, cuyo manejo está sometido a la inflexibilidad de las estructuras técnicamente indeformables´.
Las elecciones del 68 podían ser anuladas, según Franco Quijano, porque `la carta fundamental ordena que las elecciones de senadores, de diputados y de Presidente deben ser hechas por votación directa; pero la ley orgánica respectiva infringe, viola y burla este precepto; porque es voto eminentemente indirecto el que se realice mediante tarjetas de colores distintos que equivalgan a listas también distintas, previamente confeccionadas por los partidos y que el votante de ninguna manera puede modificar a su voluntad, voluntad que resulta totalmente suplantada, con la consecuencia de que los así elegidos no son representantes de la nación sino del partido´.
Franco Quijano se dedicó también a defender el llamado `voto acumulativo, que reconoce a cada elector tantos votos cuantos candidatos hay que elegir; permitiendo al votante acumularlos al candidato de su preferencia, o distribuirlos a su arbitrio; entonces la minoría participante puede atribuir todo el acervo de sus votos a su candidato, para que así acumulados, le sean imputados en el escrutinio, logrando su objeto´. Poca gente sabe que escribió la obra. El voto acumulativo en el Táchira. ¿Qué diría del voto electrónico? Imposible saberlo, pero de lo que sí estamos seguros es que si Quijano estuviera vivo, alguien hubiera dicho: `Franco Quijano fue el responsable de esa vaina´. Cría fama y acuéstate a dormir.
Pero la verdad es que fue un precursor del Derecho electoral en Venezuela a quien nunca se analizó objetivamente.
Así son las cosas.
El Universal Caracas, viernes 03 de septiembre, 2004

El enano de la catedral

septiembre 13, 2007

Las doce campanas sonaron en el viejo reloj de la Catedral de Caracas. La plaza estaba sola. Una brisa fría venía del norte de la ciudad. Un caballero bien vestido, con bombín y cubierto con una capa española apareció por la esquina de Las Monjas entró a la plaza y marchó hacia la esquina de La Torre, de pronto apareció en la puerta de la iglesia una figura diminuta como un niño de diez años, pero tenía un tabaco en la boca y fumaba, como si fuera el último tabaco de su vida. El hombre lanzaba bocanadas de humo, pero de pronto el tabaco se apagó. El caballero ya estaba llegando a la esquina de La Torre y escuchó claramente cuando con voz chillona, aquel sujeto con aspecto de niño, le pidió: Me permite un fósforo para encender el tabaco, por favor. El hombre sintió un escalofrío y se acercó al extraño fumador. Era de muy corta estatura, tenía cara de viejo. Era un enano.

Le alargó el fósforo encendido y vio como el enano después de chupar el tabaco comenzaba a crecer y crecía… Después de una carcajada muy fuerte llegó a la altura del reloj y con el índice de la mano derecha señaló la esfera diciendo:

_Son las doce y cinco en Caracas y las agujas del reloj de San Pedro en Roma marcan las seis y siete de la mañana… ¡Ja, ja, ja! ¡Ja, ja, ja! _Como si fuera un muñeco de resorte, en fracción de segundos, el hombre se convirtió de nuevo en enano. Pero ya el hombre iba corriendo hacia la esquina de Veroes gritando:

¡Auxilio! ¡Socorro!, ¡Ave María Purísima…!

Durante dos siglos ‘el enano’ de la Catedral fue el fantasma más célebre de Caracas.

Los hombres se abstenían de pasar por el centro de la ciudad después de las diez de la noche. Más de un noctámbulo llegó corriendo hasta la Puerta de Caracas con la lengua afuera, aterrorizado por el enano.

Cuando Billo empezó a tocar en el Roof Garden, en 1939, desapareció el enano. Años más tarde Billo escribió ‘en la esquina de Las Gradillas sale un muerto’, pero no citó al enano por respeto.

Aunque ‘el enano’ se convirtió en una institución caraqueña y el terror ‘de los mujeriegos’ que viviendo en la Candelaria tenían un ‘segundo frente’ por Santa Rosalía, existieron otros fantasmas que rivalizaron con el fatídico enano de la Catedral. Por ejemplo, ‘el hombre de la cachuchita en La Plaza de la Misericordia’, hoy Parque Carabobo.

Cuando López Contreras era presidente de la República conservaba todavía esa plaza una hermosa reja que impedía la entrada de los perros al parque. En aquel entonces uno de los grandes problemas caraqueños eran los perros callejeros, flacos y sucios, tal como los retrató el gran César Rengifo cuando pintaba las miserias del pueblo.

Después de las doce, a la misma hora del enano, aparecía el hombre de la cachuchita, un fantasma que tenía las dos manos en los bolsillos del pantalón y se acercaba silbando, mientras el tipo que había tenido la audacia de entrar a la plaza se defecaba y trataba de huir, pero las puertas de las rejas, habían desaparecido. No había forma de encontrarlas.

Esta tortura duraba una hora aproximadamente, cuando también como por encanto aparecían las puertas y desaparecía el hombre de la cachuchita.

Así son las cosas

El Universal Caracas, viernes 31 de agosto, 2001

“Cuando ronca tigre no hay burro con reumatismo”, “Morrocoy no sube palo ni cachicamo se afeita”, “Por la maleta se conoce al pasajero”. Esos son típicos refranes venezolanos que desde hace muchísimos años circulan en todos los sectores populares del país. El refrán viene a ser una especie de editorial del sentido popular. Cuando se escriba la historia de los refranes en Venezuela tendremos que dedicarle un capítulo especial a lo que pasó en el país en el año 1914. Se popularizó un refrán mediante el cual unos les decían a otros en plan provocativo “no le des nada”. Ese fue el dicho de moda y por culpa de “no le des nada” muchos lances sangrientos se registraron en todo el país.Por el barrio de Sarría una señora le echó una paila de agua caliente a un muchacho, porque cuando ella se estaba despidiendo del marido el pequeño granuja le gritó: “No le des nada”. Por San Juan fue peor, porque en la plaza de Capuchinos uno de los matones del sector le dijo lo mismo a un joven que conversaba con la novia a través de la ventana, y como ésta se puso roja de vergüenza al escuchar el “no le des nada”, el prometido sacó un revólver y de un balazo mató al abusador. El refrán sembró de cruces a las ciudades más importantes del país. Se aseguraba que en Maracaibo la peligrosa frase la usaban como prueba de valor personal y hacían apuestas, por El Saladillo, como: “que a que vos no le decís no le des nada”, cuando veían pasar a un caballero acompañado de una dama. En Barquisimeto, en la plaza Lara, un hombre mató a un irrespetuoso por el famoso “no le des nada” y en Antímano, en plena plaza, frente a la iglesia, un señor que iba con su hija le dio un verazo a un zagaletón que le gritó a la chica eso del refrán; pero lo más grave fue que el muchacho cayó al suelo con la cabeza partida por el verazo, y todavía repetía desde el pavimento “no le des nada”.

Los refranes en Venezuela tienen una larga historia. El gobernador de Caracas, el general Juancho Gómez _hermano de Juan Vicente Gómez_ dictó una resolución en la que decía: “Todo aquel que ofenda con refranes vulgares y groseros como: “me extrañas”, “desearía”, y otras frases soeces sería sometido a siete días de calabozo en el cuartel de Las Monjas. El primer preso en Caracas fue un patiquín llamado Heriberto Ruiz. Ese fue el primero que cayó por decir refranes vulgares, estando en la esquina de Las Gradillas cuando pasaba una muchacha gritó: “Cómo se tongonea el mundo y no se cae”.

Muchos años después cuando tumbaron a Rómulo Gallegos en 1948 se puso de moda un porro llamado La Múcura y la letra de aquel porro decía: “¡Es que no puedo con ella! ¡Es que no puedo con ella!” “y aquello se convirtió en refrán pues cuando veían a un mozo desnutrido con una chica bien robusta le gritaban: “¿Es que no puedes con ella?”. Esa música se convirtió en elemento perturbador, pues por culpa de La Múcura la gente se mataba en maviles y botiquines.

Así son las cosas.

El Universal Caracas, viernes 12 de noviembre, 2004

Ya las sirvientas habían dejado de ser cómplices de los enamorados y era el aparato de teléfono, eso sí, hablando en clave, el que permitía a las muchachas entrar en contacto con los respectivos novios, sin que las madres pudieran impedirlo.

‘El alcahuete negro’, así llamaba una señora por La Pastora al teléfono, se convirtió en el enemigo de la virtud de las mujeres.

-Ay ‘mija’, a cualquier tonta la convencen por ‘el bicho’ ese y le hacen la maldad. Y como ellas no le están viendo la cara, ni él se las ve a ellas, a las muy zafadas no les da pena y ¡zass! las raspan en lo que espabila un cura loco.

Las futuras suegras se indignaban cada vez que veían bien sea en el paseo, en el teatro, o en la iglesia, al pretendiente a quien odiaban.

-¿Quién le avisaría a ese bandido que nosotros veníamos a vespertina? ¿Cómo se habrá enterado de que el domingo íbamos a la fiestas de las Martínez? ¡Aquí definitivamente hay gato encerrado!

-Las muchachas ya no se valían de las criadas de la casa para enviar sus mensajes clandestinos, sino que llamaban a los novios, a las oficinas, con diversas tretas:

-¡Mamá, voy a llamar a Gracielita!, decía la menor de las Echezuría.

-Sí, cómo no, ‘mija’.

-Ajá, ¿es la casa de las Martínez?, preguntaba La Nena, y al otro lado contestaban:

-Hablas con tu negrito que da lo mismo, mi cuntuntún…

-Ay, Graciela, mi amor, tú sabes que esta tarde vamos a El Princesa a vespertina.

-Entonces tu negrito estará allí como un clavel. ¿Y qué numerincunito tienes?

-¡Ciento veintitrés cunengue!

-¡Muchacha, deja esos refranes tan chocantes! Me da vergüenza. ¿Qué dirá Gracielita?, interrumpía la madre.

En la tarde en El Princesa, ella decía con fingida sorpresa:

-¡Ay mamá, mira quién está ahí!

-Ni lo mires, nena. Ese hombre es una cosa seria. A mí me chocan los hombres alabanciosos, y ése vive hablando de todas las muchachas de La Pastora, -le decía la madre, sin percatarse siquiera de que en un descuido el galán entregaba una carta a la muchacha.

Para la época, prácticamente todas las cartas de amor de los caraqueños eran iguales, pues siempre aparecían las mismas palabras:

‘Mi amol’, con l; ‘sielito’, con s; ‘mi pimpollo’, ‘negrito’, ‘paloma’, ‘dulce bien’, ‘el pájaro de ilusión’, ‘la esponja del olvido’, ‘¿por qué no viniste anoche?’, ‘me dejaste esperando’, ‘te fuiste a pasear en coche’, ‘ya no me quieres’, ‘devuélveme mis cosas’.

Pero además _era el comentario general de la gente fina_, como hay muchos jóvenes que no saben redactar, hay quienes se copian las cartas que aparecen en las novelas.

De hecho, hubo una carta de Víctor Hugo que estuvo circulando como dos meses por la parroquia de Santa Rosalía en diez copias, firmadas por diez novios distintos.

En aquella época caraqueña, durante los domingos ‘la crema’ se iba a los toros coleados en Chacao, organizados por el general Rafael María Borges, y después viajaban hasta Los Dos Caminos, pues había por allá muchas muchachas que ‘estaban comiendo chivo’ y cordializaban con los patiquines para darles celos a los novios a quienes también tenían ‘comiendo chivo’, que era la frase que se utilizaba para describir el disgusto pasajero que él o ella sentían cuando habían descubierto algo irregular, pues en el diccionario amoroso caraqueño, ‘comer chivo’ significaba en ese tiempo suspender temporalmente las relaciones sentimentales.

Así son las cosas.

El Universal, Caracas domingo 21 de diciembre de 2.001

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