Ya las sirvientas habían dejado de ser cómplices de los enamorados y era el aparato de teléfono, eso sí, hablando en clave, el que permitía a las muchachas entrar en contacto con los respectivos novios, sin que las madres pudieran impedirlo.

‘El alcahuete negro’, así llamaba una señora por La Pastora al teléfono, se convirtió en el enemigo de la virtud de las mujeres.

-Ay ‘mija’, a cualquier tonta la convencen por ‘el bicho’ ese y le hacen la maldad. Y como ellas no le están viendo la cara, ni él se las ve a ellas, a las muy zafadas no les da pena y ¡zass! las raspan en lo que espabila un cura loco.

Las futuras suegras se indignaban cada vez que veían bien sea en el paseo, en el teatro, o en la iglesia, al pretendiente a quien odiaban.

-¿Quién le avisaría a ese bandido que nosotros veníamos a vespertina? ¿Cómo se habrá enterado de que el domingo íbamos a la fiestas de las Martínez? ¡Aquí definitivamente hay gato encerrado!

-Las muchachas ya no se valían de las criadas de la casa para enviar sus mensajes clandestinos, sino que llamaban a los novios, a las oficinas, con diversas tretas:

-¡Mamá, voy a llamar a Gracielita!, decía la menor de las Echezuría.

-Sí, cómo no, ‘mija’.

-Ajá, ¿es la casa de las Martínez?, preguntaba La Nena, y al otro lado contestaban:

-Hablas con tu negrito que da lo mismo, mi cuntuntún…

-Ay, Graciela, mi amor, tú sabes que esta tarde vamos a El Princesa a vespertina.

-Entonces tu negrito estará allí como un clavel. ¿Y qué numerincunito tienes?

-¡Ciento veintitrés cunengue!

-¡Muchacha, deja esos refranes tan chocantes! Me da vergüenza. ¿Qué dirá Gracielita?, interrumpía la madre.

En la tarde en El Princesa, ella decía con fingida sorpresa:

-¡Ay mamá, mira quién está ahí!

-Ni lo mires, nena. Ese hombre es una cosa seria. A mí me chocan los hombres alabanciosos, y ése vive hablando de todas las muchachas de La Pastora, -le decía la madre, sin percatarse siquiera de que en un descuido el galán entregaba una carta a la muchacha.

Para la época, prácticamente todas las cartas de amor de los caraqueños eran iguales, pues siempre aparecían las mismas palabras:

‘Mi amol’, con l; ’sielito’, con s; ‘mi pimpollo’, ‘negrito’, ‘paloma’, ‘dulce bien’, ‘el pájaro de ilusión’, ‘la esponja del olvido’, ‘¿por qué no viniste anoche?’, ‘me dejaste esperando’, ‘te fuiste a pasear en coche’, ‘ya no me quieres’, ‘devuélveme mis cosas’.

Pero además _era el comentario general de la gente fina_, como hay muchos jóvenes que no saben redactar, hay quienes se copian las cartas que aparecen en las novelas.

De hecho, hubo una carta de Víctor Hugo que estuvo circulando como dos meses por la parroquia de Santa Rosalía en diez copias, firmadas por diez novios distintos.

En aquella época caraqueña, durante los domingos ‘la crema’ se iba a los toros coleados en Chacao, organizados por el general Rafael María Borges, y después viajaban hasta Los Dos Caminos, pues había por allá muchas muchachas que ‘estaban comiendo chivo’ y cordializaban con los patiquines para darles celos a los novios a quienes también tenían ‘comiendo chivo’, que era la frase que se utilizaba para describir el disgusto pasajero que él o ella sentían cuando habían descubierto algo irregular, pues en el diccionario amoroso caraqueño, ‘comer chivo’ significaba en ese tiempo suspender temporalmente las relaciones sentimentales.

Así son las cosas.

El Universal, Caracas domingo 21 de diciembre de 2.001

3 Responses to “Ay mija, cuidado con el teléfono”

  1. blueautumnψ Says:

    Excelente blog.
    Amo Venezuela.

    Una pregunta, si no uso Internet Explorer, q uso?

  2. Enzo David Says:

    gracias, puedesr usar Opera o Firefox…
    particularmente uso Firefox
    saludos!

  3. Dogmatist Says:

    Somehow i missed the point. Probably lost in translation :) Anyway … nice blog to visit.

    cheers, Dogmatist.


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