¡Qué tiempos aquellos!

Junio 11, 2007

Cuando el general Marcos Pérez Jiménez dijo: “Aquí hay que enseñar a caminar a la gente. ¡Vamos a acabar con la guachafita¡”, nació el nuevo Reglamento de Tránsito. Los conductores estaban indignados en Caracas por las nuevas disposiciones que “se aplicarán por encima de todas las cosas”, fue la amenazante frase del bachiller Fuentes, máxima autoridad en lo concerniente a choferes y peatones.

“Se prohíbe a cualquier persona botar clavos, latas, piedras u objetos que pongan en peligro la seguridad del tránsito, así como también utilizar las aceras o sitios destinados al tránsito para depósito de materiales. Los vendedores ambulantes no podrán colocar en las aceras artículos para su exhibición o venta”.

Todo detenido por infracciones de tránsito recibía un ejemplar con la frase de “para que se lo aprenda de memoria y no se le olvide”. La disposición que ocasionó más multas fue aquella que decía textualmente: “prohibido a los peatones pararse en las aceras siendo permitido únicamente recostándose de espalda contra la pared de algún edificio”.

“Los peatones, cuando no existan aceras o zonas para circular personas, tendrán que hacerlo por la izquierda de la calzada, dando siempre frente a los vehículos que vengan en sentido contrario y pegándose lo más posible al borde”.

“Para cruzar la calzada, los peatones tendrán que esperar en las esquinas la indicación de los vigilantes y siempre sobre los pasos señalados, siendo de su propio riesgo cuando lo hagan por sitio no indicado”.

Otras de las cosas explícitamente prohibidas por “el Reglamento del bachiller Fuentes” como lo bautizó la gente eran: “Formar grupos en las aceras. Pararse en las aceras con el pie apoyado en la pared”.

“Transitar por las calzadas, salvo cuando no existan aceras; pararse sobre la calzada; transitar por autopistas; cruzar la vía por otros sitios que no sean los demarcados al efecto y atravesar la vía por los pasos de peatones cuando las señales del tránsito no lo permitan; los choferes de plaza y de vehículos con finalidad de lucro serán uniformados”.

El primer día de la aplicación del Reglamento de Tránsito fueron detenidos en Caracas cincuenta y nueve choferes, más de cien ciclistas, por ir con las bicicletas por las aceras, y unos treinta transeúntes por no cruzar la calle por las esquinas, como debía ser.

Me contaron que cuando alguien acudía al bachiller Fuentes para que sacaran de la policía a un infractor, movía la cabeza de un lado a otro, visiblemente contrariado y murmuraba: “Es que la gente no se ha convencido de que éste gobierno ‘no masca’. Y lo más serio es que hay que enseñar a los choferes a manejar y a la gente a caminar…”.

Tenemos que reconocer que hoy ningún alcalde tiene esa preocupación. No viven para adecentar la vida de la ciudad sino para jalar. No les da vergüenza ni los huecos ni la basura. El problema no es político, es de urbanidad. No les enseñaron nunca lo que llamó Carreño: “Como comportarse en sociedad”.

Eso sólo pasa cuando se alegan los argumentos ideológicos más absurdos para practicar lo que yo llamo “la política de alcantarilla”.

Así son las cosas.

El Universal, Caracas viernes 16 de febrero de 2.007

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