En los tiempos de la Junta Revolucionaria de Gobierno, después que Pérez Jiménez y Rómulo Betancourt tumbaron al presidente Medina, comenzaron a ocurrir cosas raras en Caracas. Urbano era un fakir que se metía durante treinta días en una urna de cristal, en un local de la esquina de Padre Sierra y no probaba ni un bocado. Una guardia permanecía a su lado. Si usted iba a ver a Urbano pagaba un real, desde las seis de la mañana hasta las seis de la tarde y en la noche a medio la entrada. Todos los borrachitos de Caracas comenzaban a desfilar desde las diez de la noche ante la urna de Urbano. Algunos creían que aquello era un auténtico velorio y se detenían unos cuantos segundos ante el dormido fakir.

Oye, pero quedó igualito…

Parece un pajarito…

¿Dónde está la viuda, para darle el pésame?… la mujer de Urbano, con medio rostro cubierto con un pañuelo y unos grandes ojos azules, permanecía sentada en el suelo, en un rincón, con hermoso traje hindú. Muy cerca un negro alto, estaba ‘mosca’ para que no se metieran con ella; de vez en cuando el guardián, hombre de confianza de Urbano, se le acercaba respetuosamente con una tacita de consomé.

Tres testigos de la Prefectura se turnaban cada cuatro horas. La misión de ellos, de acuerdo con la Inspectoría de Espectáculos, era vigilar que Urbano cumpliera la palabra de no recibir alimento alguno; sólo le daban un vaso de agua cada hora y orinaba por una goma que tenía en el pipí. El orinaducto del fakir iba a un florero chino que estaba cerca.

La mujer de Urbano se retiraba en algunas ocasiones a las tres de la madrugada y otras a las cuatro, acompañada siempre por el negro alto. Salía en silencio, como una sombra, cuando el fakir dormía de verdad verdad. Se iba casi en puntillas de pie.

Qué mujer tan abnegada… comentaba la viejita encargada de limpiar el florero chino en donde terminaba el orinaducto.

Una noche a golpe de tres de la mañana, ante la sorpresa de los funcionarios de la Prefectura, Urbano abrió un ojo, el derecho, cuando la mujer salía furtivamente, y luego lo cerró rápido, cuando ella al llegar a la puerta del local lanzó una mirada a la urna. Instantes después se levantó y corrió detrás de la pareja.

¡Desgraciados! ¡P…! ¡Perro! les gritó, pero el pobre Urbano estaba tan débil que se cayó al suelo, mientras el negro y la catira siguieron corriendo hacia la esquina de El Conde.

¡Adiós cará! gritó el policía de punto en Padre Sierra, recogiendo a Urbano ¡el tipo sorprende a la mujer que se va con otro y en lugar de desmayarse la esposa, quien se desmaya es el hombre! ¡Este mundo esta loco de b…!

El médico que atendió a Urbano lo mandó para el hospital Vargas en una ambulancia. A los dos días escapó y cuatro horas más tarde localizó a la mujer en una pensión de Catia, por los lados de Pérez Bonalde, le dio una paliza y de ñapa le cortó la cara.

Urbano la dejó medio muerta y se fue. La policía no le capturó nunca. Un año después se dijo que estaba en Brasil, en Sao Paulo, otra vez con su urna y… con una mujer con una cicatriz en el rostro.

Así son las cosas.

ElUniversal, Viernes 12 de Septiembre 2.002

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