El Diablo anda suelto
Mayo 29, 2007
Desde la Colonia, en Venezuela existía una creencia curiosa: ‘cuando pasan cosas raras es porque el diablo anda suelto’. La gente juraba también que los días de Semana Santa eran peligrosos, pues ‘el maligno’ se divertía probando la fe de hombres y mujeres. Eran los días cuando espectros y fantasmas hacían de las suyas.
Eso pasó en Caracas cuando en un mes de abril, llegó el circo de niños raros y el ser viviente más viejo del planeta.
_ Esas son cosas del enemigo malo’ gritaron hombres y mujeres cuando levantaron la lona que cubría la entrada a la carpa: A pocos metros, sentado sobre un taburete, recibiendo a los visitantes estaba una criatura de unos siete años, con cuatro orejas, dos bocas y ocho pies. El niño no hablaba, pero observaba fijamente a cada espectador.
El circo de niños raros levantaba su carpa por los lados del cuartel San Carlos, en un terreno amplio, que según doña Encarnación, una mujer muy religiosa, quien vivía por las Dos Pilitas, se llamaba en los tiempos viejos la Sabana de San Pedrito. Cobraban tres centavos por persona y montaban quince fenómenos infantiles. Había un muchacho con cara de gato y cada vez que abría la boca se veían dos colmillos inmensos; una niñita de diez años, con un hocico y una protuberancia en la frente de donde nacían dos troncos de cuernos con diversos pitones de venado.
Un señor iba explicando al público la historia de cada uno de los fenómenos. En un pequeño corral, cubierto de lona, había dos pequeños, unidos por el pecho; daban vueltas, se paraban y volvían a caer. La gente se reía cuando uno corría hacia un lado y el otro quería ir en dirección contraria. Un señor le tapó la cara a una señora y la sacó rápido.
_Si yo sé esto, no vengo explicó. Ella está en estado.
_¡Cómo se le ocurre traerla intervino una dama de cierta edad, con visible molestia usted está loco! .
Otros hablaban que aquello era una vagabundería, y que ‘el Gobierno debía prohibirlo, porque cualquier mujer que vea esto después da a luz un monstruo’.
En el fondo de la carpa había un gran cartel en donde aparecía una tortuga inmensa saliendo del mar. Arriba un letrero: EL SER VIVIENTE MAS ANTIGUO DE LA TIERRA. Adentro, en un estanque de muy poca profundidad estaba una tortuga inmensa con una palmera. La tortuga tenía más de tres metros de largo y cuando sacó la cabeza cada ojo parecía una metra de ámbar. En el centro de cada ojo se veía un punto negro que se clavaba fijamente en el visitante. Tardaba mucho para meter otra vez la cabeza dentro de su coraza. Desde la parte superior del hueco donde salía la cabeza hasta donde terminaba la concha, tenía una zanja profunda, como de veinte centímetros de ancho, llena de una sustancia negra que evidentemente era tierra, pues allí estaba sembrada la palmera en forma de abanico.
Henry Pittier trabajaba en los alrededores de Caracas recogiendo plantas. Examinó la palmera de la tortuga y dijo que era una Ravanala Madagascariensis. Son bautizadas por los nativos de Madagascar como: ‘Palma del viajero’. Cuentan que el sabio Pittier llamó al encargado del circo y le compró ‘un retoño de la mata’.
_Para sembrarlo en la hacienda Volcán, cerca de Santa Lucía.
Así son las cosas
El Universal, Sabado 19 de Abril de 2.003